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Introducción

El cerebro humano es una masa grisácea repleta de pliegues que pesa aproximadamente unos mil trescientos gramos. En apariencia, todos los cerebros son iguales, o casi. En realidad, el cerebro de cada persona es extraordinariamente diferente al resto. Nuestro conectoma (mapa de las conexiones entre las neuronas) es distinto al de cualquier otra persona en muchos sentidos. En él están depositadas nuestras experiencias, nuestra visión particular del mundo, nuestros aprendizajes y muchísimos elementos más. Somos portadores de un cerebro del que no existe réplica alguna (por ahora).

Cada cerebro alberga unas noventa mil millones de neuronas. Aunque esta cifra puede variar según la fuente, se trata sin duda de una cantidad astronómica. Si consideramos la potencialidad de las conexiones que se pueden establecer entre todas esas neuronas, la cifra es mareante: de cien a quinientos trillones de sinapsis.

Son datos impresionantes porque, como sucede con la inmensidad del universo, sobrepasan nuestro entendimiento intuitivo rutinario. La moderna neurociencia nos sorprende contínuamente con datos novedosos sobre el tema: parece ser que no sólo encontramos neuronas en el cerebro sino que éste se prolonga en lugares apartados del cuerpo como el corazón o el estómago. Es cierto que, de alguna manera, ambos órganos nos ayudan a percibir de una forma específica la realidad. Nos emocionamos a menudo con el corazón (amor, esperanza, alegría) y experimentamos sensaciones con el estómago (saciedad, seguridad, miedo). Algunos científicos llegan a afirmar que, en algunos casos, las órdenes que las neuronas de esos dos órganos envían al cerebro pueden tener más fuerza de las que vienen en sentido contrario.

El cerebro es, de entrada, un órgano conservador. Sus funciones principales son de control, tanto a efectos internos (homeostasis corporal a tidos los niveles) como externos (detección de peligros y emisión de alarmas). En efecto, si un jabalí enfurecido nos sorprende mientras paseamos por una zona solitaria del bosque, se ponen en marcha una serie de mecanismos, regulados por las funciones cerebrales (en especial el cerebro emocional) que articulan a su vez mecanismos de protección y defensa; secreciones de adrenalina, cambio del flujo del riego sanguíneo, aumento de las pulsaciones, etc. Sin embargo, nuestro cerebro es capaz de adaptarse con más o menos esfuerzo a cualquier tarea nueva que le propongamos: aprender un idioma, estudiar una materia o dejar de hacer algo (como fumar). Esto es así por la llamada neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro para regenerarse y crear nuevas conexiones neuronales que, en consecuencia, incorporan y fijan nuevos aprendizajes y experiencias.

La mayor o menor neuroplasticidad dependerá, en cualquier caso, de lo entrenado que esté un cerebro para encajar los cambios y proceder a procesarlos e integrarlos. Los cerebros jóvenes, en este sentido, parten con cierta ventaja: todos sabemos por experiencia que es mejor aprender un idioma a los siete años que a los setenta. Sin embargo, un cerebro entrenado de una persona de avanzada edad puede todavía aprender, cambiar y adaptarse contínuamente.

Desde el punto de vista de la creatividad, tema central de este libro, el cerebro actúa también como caja de resonancia del entorno vital de cada persona. Genética aparte, el cerebro creativo va construyéndose a lo largo de toda la vida pero seguramente tienen mucha importancia las experiencias de los primeros quince o veinte años. Vidas que se desarrollan bajo parámetros de control y de excesiva seguridad tienden a ser poco creativas. Por el contrario, trayectorias vitales asentadas en la exploración y el juego tienden a expresar mayor creatividad. Cuentan del creador del videojuego Super Mario Bros., Shigeru Miyamoto, que pasó su infancia jugando con palitos y cuerda cerca del río en Kyoto, Japón. Hacía muñecos y títeres y creaba representaciones para sus amigos. Un día descubrió una cueva y se acostumbró a pasar ahí horas y horas en la oscuridad, dando rienda suelta a su imaginación. Las anéctodas de infancia de muchos personajes altamente creativos ponen de manifiesto la importancia del juego y la transgresión de los límites de la normalidad como elementos base para forjar una trayectoria innovadora. Vienen aquí a cuento las palabras de George Bernard Shaw: “No dejamos de jugar por el hecho de hacernos adultos; nos hacemos adultos cuando dejamos de jugar.”

Una cantidad importante de personas, por motivos diversos, no consiguen exprimir al máximo su potencial creativo. Bien por elección personal o por cuestiones realcionadas con el entorno, se trata de individuos que, durante su trayectoria vital, van a remolque de las cosas que les van sucediendo. Están a la expectativa y, a menudo, dimiten de su capacidad creativa poniendola en manos de otra gente. Otras personas, en cambio, actúan como líderes de su creatividad, desafiando las convenciones, rompiendo barreras, superando miedos y generando una actitud de creación vital extraordinaria. Son personas que construyen su propia vida.

¿Por qué hay tantas diferencias, desde la perspectiva de la creatividad, entre la gente? ¿Por qué hay individuos muy creativos y otros que, en cambio, no lo son o no lo muestran? ¿Depende sólo de factores genéticos? ¿Está en función de los aprendizajes, las experiencias y la actitud vital? Seguramente hay de todo un poco. Sin embargo, la gran mayoría de expertos en creatividad conceden relativamente poca importancia a la genética y, en cambio, insisten en la relevancia de los factores ambientales. Al final del camino (o al principio, como se quiera) la creatividad se construye, se diseña, se vive, se sueña.

A grandes rasgos, ¿qué elementos inciden en la creatividad personal?

  • Gozar de una infancia (en casa y en la escuela) llena de oportunidades para explorar, atreverse, cruzar los límites y descubrir cosas a través del juego y la experimentación constantes. Hay estudios que confirman que los niños con un entorno de aprendizaje rígido (con demasiadas instrucciones de cómo hacer las cosas) acaban perdiendo la curiosidad y las ganas de buscar respuestas por su cuenta.
  • Vivir en un entorno que facilite y potencie la creatividad, sea la escuela, el puesto de trabajo o cualquier otra circunstancia social. Célebre, por desgracia, es la frase que aún se puede escuchar en muchas organizaciones: “yo a usted no le pago para que sea creativo sino para que haga bien su trabajo”. Contrariamente, las organizaciones más innovadoras eliminan las jerarquías rígidas, crean espacios de colaboración y experimentación y consiguen que sus integrantes tengan confianza creativa.
  • Disfrutar de un aprendizaje en forma de “T”, donde la parte de arriba de esa letra serían conocimientos diversos (música, historia, cómic, jardinería, etc.) y la parte vertical correspondería a una fuerte especialización (en ingeniería industrial, por ejemplo). Esa combinación de direcciones en el conocimiento (horizontal-vertical) hace que las personas puedan combinar la especialización con la transversalidad. De ahí, en consecuencia, surgen nuevas combinaciones y perspectivas diferentes, elementos base para la acción creativa.
  • Sentir una fuerte pasión, acompañada de curiosidad, en un ámbito o en varios. Las personas que tienden a Fluir, en la acertada expresión de Csikszentmihalyi, acostumbran a ser mucho más creativas respecto a las que hacen algo simplemente porque lo tienen que hacer. Un individuo que domina un determinado talento (la danza, por ejemplo), que incorpora elementos de creatividad a su actividad y que está en el lugar y el momento más adecuados para desarrollar su sueño tiene todas las opciones de, según la terminología de Ken Robinson, situarse en su “zona de creatividad” o en su “elemento”.
  • Además, pueden existir algunos factores genéticos que realcen nuestro potencial creativo. La auténtica duda al respecto es si se trata simplemente de “determinaciones” genéticas o bien de una combinación de éstas y de factores ambientales. Intentaremos esclarecer este misterio en las páginas de este libro.

No se trata de una lista exhaustiva, por supuesto. La creatividad es algo tan lábil, escurridizo y complejo que sería pretensioso hacer un listado omniexplicativo de los factores que la potencian. Hemos intentado, simplemente, comentar algunos de los más significativos.

El objetivo de este libro es liberar nuestra mente creativa. Para algunas personas esta liberación puede ser total y para otras 8seguramente la mayoría) parcial. FREE BRAIN, en este sentido, es quizá más que un simple libro. Aspira a ser una marca, un movimiento, un hábito, un estilo de vida que contribuya a que la mayoría de seres humanos de este planeta dejen de vivir de espaldas a su capacidad creativa y, en efecto, consigan liberarse de sus miedos, ataduras y rutinas para ponerse al frente de su existencia y dejar de depender de los demás.

¿Alguien se apunta a la aventura?

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