17 de septiembre de 2015 | 0 Comentarios

Japón, budismo y compasión

Japón, budismo y compasión

Este pasado verano tuve la oportunidad de conocer un poquito un país que siempre me había fascinado: Japón. Estuve sólo veinte días pero pude aprender algunas cosas y disfrutar de una de las culturas más curiosas del planeta.

Desde luego, tuve ocasión de saciar mi interés sobre el budismo Zen. Comprendí (aunque en el Zen nada se comprende) que una de sus bases es la simplicidad al contemplar uno de los magníficos y desconcertantes jardines Zen en Kyoto. Arena, rocas y poca cosa más. Espacio vacío. Quedarse extasiado ante un jardín Zen es divertido y aburrido a la vez. Como los koan Zen, esas contradicciones difíciles o imposibles de resolver: ¿cómo se aplaude con una sola mano?

Japón es amabilidad, servicio y atención desmesurada al cliente. Oímos cientos de veces su expresión preferida: “Arigato Gozaimasu”, una manera muy dulce de dar las gracias. Los empleados de cualquier tienda o de cualquier empresa hacen todo lo posible por satisfacer tus deseos. Te acompañan hasta el tren para asegurarse que no lo pierdes, te escriben una nota en japonés para que, si no tienen un determinado producto, puedas pedirlo adecuadamente en otra tienda… Tienen un elevado sentido del deber y además, les gusta lo que hacen (o así lo parece). Deberíamos aprender muchas cosas de su cortesía. Los europeos, en comparación, somos demasiado secos y pragmáticos.

Descubrí también que, en un país de ciento cuarenta millones de personas, no hay un papel en el suelo (tampoco papeleras) y que los bosques están limpios y cuidados. La religión sintoísta cree que lo divino está en todas partes, y eso se nota. Es un país pulcro y ordenado (quizá demasiado en algunos aspectos, al menos para un europeo…).

Unas semanas después de regresar empecé a leer el último libro de Daniel Goleman, escrito en colaboración con el Dalai Lama, máximo exponente del budismo tibetano. Es un magnífico libro sobre la compasión. En efecto, en Japón aprendí que deberíamos estar menos pendientes de nosotros mismos y mucho más de los demás. El profesor de Harvard William Ury, seguidor de las ideas budistas, ya lo dijo hace tiempo: “al comunicarte con los demás y negociar, el peor enemigo es tu ego”.

Ahora, ya en Barcelona, intentaré recordar los cantos budistas que oímos en Koyasán cuando me enfrente a una situación incómoda o a un conflicto: om bazara aratanno om taraku sowaka…



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