26 de enero de 2017 | 0 Comentarios

Innovar da pereza

Innovar da pereza

Muy a menudo, cuando doy clases de innovación a empresas o a los participantes en los programas de EADA, me doy cuenta que la gente piensa que innovar es muy complicado. De hecho, noto que les da un poco de pereza. O mucha.
Cuando, por ejemplo, comento que un proyecto de Design Thinking puede llegar a prolongarse durante meses y meses, veo caras de susto. Mucha gente –no todo el mundo- no está dispuesta a dedicar tanto tiempo a la innovación. Quizá piensan que teniendo una idea y llevándola a la práctica lo más rápido posible ya basta.

Lentitud

Es verdad que la buena innovación es lenta. Porque, cómo he dicho algunas veces, no surge tanto de las ideas creativas sino de la detección de necesidades. Una idea, para que funcione, tiene que ir dirigida a esa necesidad descubierta o puesta de manifiesto. Todo el mundo sabe que el concepto de Nespresso tardó casi tres décadas en cristalizar definitivamente. Había la necesidad de que en casa se pudiera hacer un buen café expreso pero no se acababa de encontrar la tecnología que aportara una solución satisfactoria.
Los famosísimos Post-it de 3M también nacieron lentamente. Alguien descubrió por error la cola poco adherente pero no fue hasta después de seis años que las notas de colores se pudieron comercializar con éxito. Sólo la cultura innovadora de 3M facilitó que en vez de destruir el proyecto al primer momento, se tuviera la paciencia necesaria para ir buscando la salida definitiva al que finalmente sería uno de los productos más vendidos de todos los tiempos de la mítica empresa de Minnesota.
Nos encontramos, pues, ante una paradoja: las empresas se ven forzadas a innovar para ser más competitivas, pero saben que innovar es lento, un poco arriesgado y necesita gente transgresora y valiente. Es un problema difícil de resolver, y más si tenemos en cuenta que, en determinados sectores, la innovación requiere además de importantes inversiones.
Una posible solución es actuar con calma. Empezar innovando en pequeñas dosis, aprender el proceso y sistematizarlo y, al cabo de un tiempo, atreverse con proyectos más ambiciosos.
No acostumbra a ser buena idea innovar a la desesperada. Las posibilidades de estrellarse y fracasar son muy grandes.
Imaginemos, por ejemplo, que queremos innovar en un concesionario de automóviles. No es una tarea fácil. Si queremos aprovechar las últimas tecnologías, quizás pensaremos en sustituir los coches reales por hologramas o algo por el estilo. Pero hay que estar muy seguros de lo que hacemos. Una equivocación grave puede implicar el fin del negocio. No hay soluciones mágicas, pero saber empatizar con el cliente o usuario, desarrollar ideas creativas que den solución a sus necesidades y prototiparlas de forma interactiva para poder recibir feedback constante nos puede permitir monitorizar en todo momento el proceso y minimizar así los riesgos.

La innovación es una aventura, en efecto, pero hay que ir muy bien equipados. Quizás podríamos decir que la innovación es aventurarse de forma planificada. Parece una contradicción, pero ya se sabe que la vida está llena de contradicciones…

 

Artículo publicado en catalán por Diari L’Economic
Imagen “La hamaca”, de Raúl Soldi.

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