16 de febrero de 2017 | 0 Comentarios

Ideas vanidosas versus innovación seria

Ideas vanidosas versus innovación seria

“Tengo una idea” es una expresión bastante habitual. En principio se trata de una buena noticia. No todo el mundo tiene a menudo ideas ni todas las ideas llegan a triunfar. Por lo tanto, que alguien diga que cree que tiene una buena idea es motivo de celebración.

Sin embargo, si lo pensamos un poco más, tal vez nos daremos cuenta de que no hay para tanto. Muchas veces, las ideas que generamos no tienen destinatario. Con esto quiero decir que brotan de nuestra mente pero nadie las está esperando. Son las ideas vanidosas: satisfacen más nuestro ego que no una necesidad real.

Una idea vanidosa es la que va acompañada seguidamente de la expresión “es una idea muy buena”. ¿Por qué? Porque la he tenido yo… ¿Cuántas ideas vanidosas hay cada día en las empresas? Seguramente muchas. Las que nacen en lugares remotos son sistemáticamente olvidadas. Las que nacen en la mente de los directivos muchas veces son puestas en marcha, aunque impliquen inseguridades y riesgos manifiestos.

La innovación debería ser mucho más que una idea vanidosa que surge de un brainstorming. Y debería ir mucho más allá de nuestros egos y de nuestra vanidad. Seguramente el hecho de que un porcentaje altísimo de las innovaciones empresariales acaben fracasando se debe a todo ello.

La innovación seria va mucho más allá. Parte de la detección sistemática de necesidades a nuestro alrededor. La innovación no parte de una idea, como a veces se piensa, sino de una necesidad descubierta. Innovar no implica tanto generar ideas sino dar respuestas a problemas reales y satisfacer necesidades evidentes o latentes de nuestros clientes, consumidores o usuarios.

El Design Thinking, por ejemplo, funciona así. Primero, a través de entrevistas de empatía y observación “in situ”, aprende de los usuarios e intenta descubrir estas necesidades para convertirlas en oportunidades. Los expertos en Design Thinking parten pues del desconocimiento y de la humildad. Sólo cuando han sabido reformular el problema a partir de la empatía son capaces de empezar a generar ideas para encontrar nuevos conceptos o soluciones. El proceso, pues, es anti-vanidoso. Primero aprendemos y escuchamos y luego intentamos pensar creativamente. La creatividad no es escucharnos a nosotros mismos sino hacer un trabajo para alguien (Job to be done).

El otro punto clave del Design Thinking es el prototipado. Cuando tenemos un concepto interesante, hay que pasar de las ideas a los hechos. Pensar con las manos. Si estamos trabajando un producto podemos utilizar cualquier material: plastilina, madera, plástico… La cuestión es tangibilizar la idea y pedir feedback. ¿Funciona? ¿Hay que cambiar algo? ¿Se puede hacer mejor? Si estamos desarrollando una idea de servicio o de proceso cambiaremos los materiales por videos, role-plays, storyboards…

Sólo a través de procedimientos como el Design Thinking podremos pasar de la innovación centrada en nosotros mismos y nuestras manías a la innovación centrada en las necesidades reales de los usuarios. Toda una revolución.

Cualquier empresa necesita, además de consolidar el día a día, pensar en el futuro. Por lo tanto, tener equipos de Design Thinking convenientemente preparados es primordial. Compaginar la explotación del negocio con la exploración sistemática del futuro es una de las claves que permite construir una empresa innovadora de verdad. ¿Vamos a por ello?

Artículo publicado en el blog Factor Humá

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